Villette

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Que nadie piense que esa alegre llama se mantenía sola o vivía enteramente de una esperanza o de una promesa formulada al partir. Un proveedor generoso se encargaba de que no faltara el combustible. Me evitaba el frío y la escasez; no dejaba que temiera a la penuria; impedía que la incertidumbre me invadiera. Todos los barcos traían una carta suya; y él escribía del mismo modo que daba o amaba, a manos llenas, con todo el corazón. Escribía porque le gustaba escribir; no abreviaba porque no le gustaba abreviar. Se sentaba y cogía papel y pluma porque amaba a Lucy y tenía muchas cosas que contarle; porque era noble y atento, porque era sensible y leal. No había farsa ni engaño, no había nada que no fuera sincero en él. La excusa jamás vertió su resbaladizo aceite en sus labios; jamás expresó, con ayuda de su pluma, mentiras cobardes ni mezquinas nulidades. Sus cartas eran como los alimentos y el agua: me procuraban sustento y me refrescaban.

¿Acaso yo me sentía agradecida? ¡Bien lo sabe Dios! No creo que ningún ser viviente tan recordado, tan protegido, tratado con tanta nobleza, constancia y dignidad, pueda mostrar otra cosa que no sea agradecimiento hasta la muerte.

Fiel a su propia religión (no estaba hecho del mismo material que un vulgar apóstata), me dejó en libertad para profesar mi fe. No se burló ni intentó convencerme. Se limitó a decir:


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