Villette
Villette —Sigue siendo protestante. Mi pequeña inglesa puritana, amo el protestantismo en ti. Reconozco su encanto severo. Hay algo en su ritual que yo no puedo aceptar, pero es el único credo para Lucy.
Ni toda Roma podrÃa hacerle caer en el fanatismo, ni la Propaganda lograrÃa convertirle en un verdadero jesuita. HabÃa nacido honrado, no hipócrita; ingenuo, no malicioso; un hombre libre, no un esclavo. Su ternura le habÃa vuelto dúctil en manos de un sacerdote, su capacidad de amar, su fervor, su sincero y piadoso entusiasmo cegaban algunas veces sus ojos y le empujaban a renunciar a la justicia para emplear ardides y servir a fines egoÃstas; pero esos defectos son tan difÃciles de encontrar, y tan penosos para su dueño, que apenas sabemos si algún dÃa llegarán a considerarse virtudes.
Ya han pasado los tres años: se ha fijado una fecha para el regreso de monsieur Emanuel. Es otoño; volveremos a vernos antes de que lleguen las brumas de noviembre. Mi colegio prospera, mi casa está lista para recibirlo: le he preparado una pequeña biblioteca, y he llenado los estantes con los libros que dejó a mi cuidado; he cultivado por amor a él (mi afición a la jardinerÃa no era innata) sus plantas preferidas, y algunas de ellas siguen en flor. CreÃa amarle cuando se marchó; ahora le amo de otro modo, es más mÃo.
El sol pasa el equinoccio; los dÃas se acortan, las hojas se secan; pero… él está en camino.