Villette

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No me mareé hasta mucho después de pasar Margate, y fue grande el placer con que respiré la brisa marina, y divino el gozo que sentí con el balanceo de las olas del Canal, con las aves marinas en sus arrecifes, con las blancas velas en la oscura lejanía, con el cielo sereno y nublado dominándolo todo. En mi ensoñación, creí ver el continente europeo como una inmensa y lejana tierra de promisión. Los rayos de sol caían sobre él, convirtiendo la larga costa en una línea dorada; y, en aquel panorama que refulgía como el metal, las líneas borrosas de los pueblos de casas apiñadas, de las torres blancas como la nieve, de los bosques frondosos, de las cumbres desiguales, de los suaves pastos y de los arroyos veteados parecían grabadas en relieve. Al fondo, se desplegaba un cielo majestuoso de color azul oscuro; y, solemne como su imperial promesa, mágico en sus suaves tonalidades, se extendía un arco iris de norte a sur, inclinado ante Dios, al igual que un arco de esperanza.

Olvídalo todo, te lo ruego, lector, o más bien déjalo estar y extrae de ello una moraleja, una versión aliterada en letras de molde:

Las fantasías son engaños de Satanás.

Llegué a sentirme muy mareada, y bajé al camarote con paso vacilante.


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