Villette
Villette Recuerdo que atravesamos una puerta donde había soldados apostados; lo vi a la luz de las farolas. Luego, dejando atrás la enlodada chaussée[20], traqueteamos sobre un empedrado extrañamente duro y desigual. Al llegar a nuestro destino, la diligencia se detuvo y los pasajeros se apearon. Mi primera preocupación fue recuperar el baúl, asunto baladí, pero para mí de singular importancia. Comprendí que era mejor no importunar al cochero ni mostrarme demasiado impaciente, sino observar tranquilamente cómo sacaban el resto del equipaje hasta ver el mío, y entonces reclamarlo y ponerlo a salvo; me hice a un lado, y mis ojos se posaron en el lugar donde había visto colocar mi pequeño baúl, sobre el que ahora se amontonaban toda clase de bártulos. Uno a uno, contemplé cómo los bajaban y devolvían a sus dueños. Estaba segura de que mi baúl debía de ser ya visible… pero no aparecía. Había atado la etiqueta con mi nombre con una cinta verde, a fin de reconocerlo fácilmente, pero no se vislumbraba nada de ese color. Dejaron en el suelo todos los bultos, cajas y paquetes; y, cuando levantaron la cubierta de hule, comprobé que no quedaba ni un paraguas, ni una capa, bastón o sombrerera.
Y mi baúl, con mis escasas pertenencias y la pequeña cartera donde guardaba lo que quedaba de las quince libras, ¿dónde podía estar?