Villette
Villette Echó a andar y yo fui tras él en medio de la oscuridad y de la llovizna que nos empapaba. El bulevar estaba desierto y embarrado, y los árboles goteaban sin cesar; el parque era tan negro como la noche. La intensa penumbra de los árboles y de la niebla me impedÃa ver a mi guÃa; me limité a seguir sus pisadas. No sentÃa el menor miedo: creo que habrÃa seguido aquellos leales pasos hasta el fin del mundo, en medio de una noche perpetua.
—Y ahora —dijo él, después de cruzar el parque— continúe por esta calle ancha hasta llegar a unas escaleras iluminadas por dos farolas; baje por ellas, y encontrará una calle más estrecha; sÃgala hasta el fondo y verá la posada. Hablan inglés, de modo que han terminado sus dificultades. Buenas noches.
—Buenas noches, señor —repliqué—. Acepte mi más sincero agradecimiento.
Y asà nos separamos.
El recuerdo de su semblante, lleno de benevolencia para quienes carecÃan de amigos, y su voz, que reflejaba una naturaleza caballerosa con los débiles y necesitados, además de con las mujeres y los niños, fueron para mà como un cordial hasta mucho después de despedirnos. Se trataba de un auténtico caballero inglés.