Villette

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Por fin llegué a unos viejos y desgastados escalones, y dando por supuesto que serían los indicados, bajé por ellos. La calle a la que me condujeron era ciertamente estrecha, pero no había en ella ninguna posada. Seguí caminando. En otra calle muy tranquila y comparativamente limpia y bien pavimentada, vi una luz que brillaba sobre la puerta de una casa bastante grande, un piso más alta que las demás. Aquélla debía de ser la posada. Aceleré la marcha; me temblaban las rodillas y estaba agotada.

No era una posada. Una placa de latón adornaba la gran Portecochère. «Pensionnat de Demoiselles»[22], rezaba la inscripción, y debajo había un nombre: «Madame Beck».

Me estremecí. Un centenar de pensamientos cruzaron por mi imaginación en un instante. Sin embargo, no planeé nada ni me detuve a reflexionar: no tenía tiempo. La Providencia me decía: «Detente aquí; ésta es tu posada». El Destino me aprisionó en sus fuertes manos, dominó mi voluntad, dirigió mis acciones: toqué la campanilla de la puerta.

Mientras esperaba, me negué a pensar. Clavé la vista en el empedrado de la calle que iluminaba el farol de la puerta y conté las losas de piedra, fijándome en sus formas y en el reflejo del agua en sus ángulos. Volví a tocar la campanilla. Por fin abrieron la puerta. Una criada con una elegante cofia apareció ante mí.


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