Villette
Villette —¿PodrÃa ver a madame Beck? —pregunté.
Creo que si hubiera hablado en francés, no me habrÃa dejado pasar; pero, al ver que me expresaba en inglés, dedujo que era una profesora extranjera que habÃa de tratar algún asunto relacionado con el pensionnat, y me invitó a entrar a pesar de la hora, sin una palabra recriminatoria ni un instante de duda.
Poco después me encontré sentada en un frÃo y elegante salón, con una estufa de porcelana apagada, adornos dorados y un suelo muy brillante. En la repisa de la chimenea, un reloj de péndulo dio las nueve.
Transcurrió un cuarto de hora. ¡Con qué rapidez me latÃa el corazón! ¡Cómo pasaba del calor al frÃo y del frÃo al calor! No apartaba los ojos de la puerta, una gran puerta plegable de color blanco con molduras doradas; la observaba esperando que se moviera una de sus hojas y se abriera. Todo habÃa permanecido en silencio; no se habÃa oÃdo ni a un ratón; la puerta blanca seguÃa cerrada e inmóvil.
—¿Es usted inglesa? —preguntó una voz a mi lado.
Estuve a punto de dar un respingo ante lo inesperado de aquel sonido; habÃa estado tan convencida de mi soledad…