Villette
Villette Le dije que era inglesa e inmediatamente, sin más preámbulos, iniciamos una conversación de lo más singular. Madame Beck (pues se trataba de ella; había entrado por una pequeña puerta a mis espaldas y, al ir calzada con unas silenciosas zapatillas, no la había oído acercarse) había agotado su dominio de la lengua insular al preguntarme si era inglesa, y procedió a seguir hablando locuazmente en su idioma. Yo le respondí en el mío. Ella comprendía algo, pero como yo no entendía nada, aunque entre las dos armamos un buen jaleo (hasta entonces no había oído ni imaginado nada semejante al talento de madame para expresarse), lo cierto es que no conseguimos avanzar demasiado. Madame Beck no tardó en tocar la campanilla para pedir ayuda, que llegó en la persona de una maîtresse que había estudiado durante una época en un convento irlandés y a la que se atribuía un perfecto dominio de la lengua inglesa. Aquella maîtresse resultó ser una pequeña embaucadora, una nativa de Labassecour de los pies a la cabeza, ¡y cómo destrozaba el idioma de Albión! No obstante, le conté mi historia con palabras sencillas que ella tradujo. Le expliqué que había abandonado mi país con la intención de ampliar mis conocimientos y de ganarme el pan; que estaba dispuesta a encargarme de cualquier tarea, siempre que no fuera indigna o degradante; que podía ser niñera o doncella, y que ni siquiera me negaría a un trabajo doméstico que se adaptara a mis fuerzas. Madame oyó esto, y examinando su semblante, tuve casi la seguridad de que mi historia la había convencido.