Villette

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Pero yo desatendí su consejo: vi que Polly apoyaba el pequeño codo en la pequeña rodilla, y la cabeza en la mano; observé que sacaba un diminuto pañuelo del bolsillo de muñeca de su falda de muñeca, y luego la oí llorar. Otros niños que están tristes o sufren algún dolor lloran a lágrima viva, sin contención ni vergüenza; pero sólo leves y ocasionales hipidos delataban el llanto de aquella criatura. La señora Bretton no los oyó, lo que fue preferible. Al cabo de un rato, una voz surgió del rincón para pedir:

—¿Podrían tocar la campanilla para llamar Harriet?

La toqué yo; la niñera no tardó en acudir.

—Harriet, es hora de acostarme —dijo su pequeña señora—. Debes preguntar dónde está mi cama.

Harriet le indicó que ya lo había hecho.

—Pregunta si dormirás conmigo, Harriet.

—No, Missy. Compartirá la habitación con esta señorita —contestó la niñera, refiriéndose a mí.

Missy no se levantó, pero vi que me buscaba con los ojos. Después de unos minutos de escrutinio silencioso, abandonó su rincón.

—Le deseo buenas noches —dijo a la señora Bretton, pero pasó muda junto a mí.

—Buenas noches, Polly —exclamé yo.


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