Villette
Villette —No es necesario decirnos buenas noches, ya que dormimos en la misma habitación —fue la respuesta con la que desapareció del salón. OÃmos que Harriet le proponÃa llevarla en brazos—. No es necesario —repuso de nuevo—. No es necesario, no es necesario —y oÃmos cómo sus pequeños pasos subÃan con esfuerzo por la escalera.
Al irme a la cama una hora más tarde, la encontré aún despierta. HabÃa colocado las almohadas para que sostuvieran su menudo cuerpo sentado; las manos, una dentro de la otra, reposaban tranquilamente sobre la sábana, con una anticuada parsimonia nada propia de una niña. Me abstuve de hablarle durante un rato pero, justo antes de apagar la luz, le aconsejé que se tumbara.
—Dentro de poco —replicó.
—Pero vas a enfriarte, Missy.
La niña cogió una prenda diminuta de la silla que habÃa al lado de su camita y se cubrió los hombros con ella. Dejé que hiciera lo que quisiera. Escuchando un rato en la oscuridad, me di cuenta de que todavÃa lloraba, conteniéndose, en silencio y con cautela.