Villette

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Al despertarme con la luz del día, oí correr un hilillo de agua. ¡Y allí estaba!, subida a un taburete junto al lavamanos, inclinando el aguamanil con gran esfuerzo (no podía levantarlo) para verter su contenido en la jofaina. Fue curioso observarla mientras se lavaba y vestía, tan pequeña, diligente y callada. Era ostensible que no estaba acostumbrada a arreglarse sola; y afrontó con una perseverancia digna de encomio las dificultades que entrañaban botones, cintas, corchetes y ojales. Dobló el camisón, alisó cuidadosamente las sábanas de su camita y, ocultándose tras la cortina blanca, se quedó muy quieta. Me incorporé a medias y asomé la cabeza para ver qué hacía. De rodillas, con la frente entre las manos, comprendí que estaba rezando.

Su niñera llamó a la puerta. La pequeña se puso en pie.

—Ya estoy vestida, Harriet —dijo—. Me he vestido sola, pero no lo he hecho muy bien. ¡Ayúdame!

—¿Por qué se ha vestido sola, Missy?

—¡Calla! Habla bajito, Harriet, no vayas a despertar a la niña —se refería a mí, ahora tumbada y con los ojos cerrados—. Me he vestido sola porque así aprendo, para cuando tú te vayas.

—¿Acaso quiere que me vaya?

—Cuando te enfadas, he querido muchas veces que te fueras, pero ahora no. Colócame bien el lazo del vestido; y alísame el pelo, por favor.


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