Villette
Villette —El lazo está perfecto. ¡Qué quisquillosa!
—Hay que atarlo otra vez. Por favor, átalo.
—Está bien. Cuando me vaya, tendrá que pedirle a la señorita que la ayude a vestirse.
—De ningún modo.
—¿Por qué? Es una jovencita muy simpática. Espero que se comporte correctamente con ella, missy, y no se dé aires.
—No dejaré que me vista.
—¡No sea ridÃcula!
—Estás peinándome mal, Harriet: la raya quedará torcida.
—Pues sà que es difÃcil de contentar, ¿está bien asÃ?
—Perfectamente. ¿Dónde debo ir ahora que estoy vestida?
—La llevaré a la salita del desayuno.
—Entonces vamos.
Se dirigieron a la puerta. La niña se detuvo.
—¡Oh, Harriet, ojalá estuviera en casa de papá! No conozco a esta gente.
—Sea buena, missy.
—Soy buena, pero me duele aquà —se puso la mano sobre el corazón y repitió lloriqueando—: ¡Papá!, ¡papá!
Abrà los ojos y me incorporé, dispuesta a poner fin a aquella escena mientras aún podÃa intervenir.