Villette
Villette Así se veían las cosas a través del encanto que da la distancia; pero llegó el momento en que aquella distancia desapareció para mí, cuando me obligaron a bajar de mi atalaya del cuarto de las niñas, desde donde había observado todo hasta entonces, para trabar un conocimiento más íntimo del pequeño mundo de la rue Fossette.
Cierto día en que estaba en el piso de arriba, como de costumbre, preguntando la lección de inglés a las niñas al tiempo que cosía el dobladillo de un vestido de seda de madame, la vi entrar lentamente en la habitación, con aquel aire absorto y preocupado que a veces se leía en su rostro y que la hacía parecer tan poco cordial. Dejándose caer en una silla frente a mí, guardó silencio durante unos minutos. Désirée, la hija mayor, leía un pequeño ensayo de la señora Barbauld[37] que yo le hacía traducir del inglés al francés para asegurarme de que comprendía lo que estaba leyendo; madame escuchaba.
Al cabo de un rato, sin preámbulos, exclamó en un tono que parecía casi de acusación:
—Señorita, en Inglaterra era usted institutriz.
—Se equivoca, madame —contesté sonriendo.
—¿Es ésta la primera vez que intenta enseñar… aquí, con mis hijas?