Villette
Villette Le dije que sí. Una vez más guardó silencio, pero, cuando levanté la vista al coger un alfiler del acerico, descubrí que era objeto de su escrutinio: me observaba fijamente; parecía dar vueltas a algo… medir mi capacidad para algún propósito, sopesar mi valía para algún plan. Madame había registrado ya todas mis pertenencias y estoy segura de que creía conocerme bien: pero desde aquel día, y por espacio de una quincena, me sometió a nuevas pruebas. Escuchaba detrás del cuarto de las niñas cuando estaba allí con sus hijas; me seguía a una distancia prudencial cuando salía a pasear con ellas, acercándose sigilosamente para oírnos siempre que los árboles del parque o la avenida le servían de escondrijo. Tras haber observado fielmente este estricto proceso preliminar, hizo un movimiento hacia delante.
Una mañana me abordó de pronto como si tuviera mucha prisa, diciendo que se encontraba en un dilema. El señor Wilson, el profesor de inglés, no se había presentado a su hora y temía que estuviera enfermo; las alumnas esperaban en el aula; no había nadie para dar la clase; ¿tendría yo algún inconveniente en hacerles un pequeño dictado, por una vez, para que las alumnas no dijeran que se habían quedado sin inglés?
—¿En la clase, señora? —pregunté.
—Sí, en la clase de segundo curso.