Villette
Villette —Donde hay sesenta alumnas —exclamé; pues conocÃa el número exacto y, con mi cobardÃa habitual, preferÃa refugiarme en la pereza, igual que un caracol en su concha, y alegar incapacidad y falta de experiencia como pretexto para eludir la acción. De haber dependido de mÃ, sin duda habrÃa dejado escapar aquella oportunidad. Carente de audacia y de los impulsos de la ambición, habrÃa sido capaz de pasarme veinte años enseñando el alfabeto a las niñas, arreglando vestidos de seda y haciendo delantales infantiles. No quiero decir con esto que me sintiera verdaderamente satisfecha, lo que dignificarÃa mi resignación, ya que el trabajo no me gustaba ni despertaba mi interés, pero me parecÃa maravilloso verme libre de sinsabores y preocupaciones; eludir el sufrimiento era lo más cercano a la felicidad que yo esperaba conocer. Además, tenÃa dos vidas muy diferentes: la de mis pensamientos y la real; y mientras la primera estuviera suficientemente alimentada por las mágicas y extrañas alegrÃas de la imaginación, los privilegios de la segunda podÃan seguir limitados al pan de cada dÃa, al trabajo rutinario y a un techo bajo el que resguardarme.
—Vamos —dijo madame, cuando me inclinaba con más afán que nunca sobre el delantal infantil que estaba cortando—, deje eso.
—Pero Fifine lo necesita, madame.