Villette
Villette Yo podrÃa haber contestado que sà y haber vuelto a la oscuridad del cuarto de las niñas, donde tal vez habrÃa languidecido el resto de mi vida; pero alcé los ojos hacia madame y vi algo en su rostro que me hizo recapacitar. En aquel instante, no tenÃa el aspecto de una mujer, sino el de un hombre. Un vigor especial iluminaba sus facciones, pero era un vigor muy diferente del mÃo: no despertaba comprensión, simpatÃa o sumisión. No me tranquilizó, ni me convenció, ni me abrumó. Era como si estuviera planteándose un desafÃo entre cualidades opuestas, y de pronto comprendà la indignidad de mi apocamiento, la cobardÃa de mi falta de ambición.
—¿Seguirá adelante o retrocederá? —inquirió madame, señalando con la mano primero la pequeña puerta que comunicaba con su vivienda, y luego la gran puerta doble que conducÃa a las aulas.
—En avant —respondà yo.
—Pero ¿podrá con las clases o está demasiado excitada? —prosiguió ella, enfriándose al tiempo que yo me animaba, y sosteniendo aquella mirada severa y antipática de la que yo extraÃa fuerza y determinación.
Al decir esto, sonrió con cierto desprecio; la excitación nerviosa no era muy del gusto de madame.
—No estoy más excitada que esta piedra —aseguré, golpeando ligeramente con el pie la losa del suelo—, o que usted —añadÃ, devolviéndole la mirada.