Villette

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Abrí la puerta, la dejé pasar cortésmente, y fui tras ella. Había tres aulas, todas de gran tamaño. La del segundo curso, donde iba a trabajar yo, era la más grande, y daba cabida a un grupo más numeroso, turbulento e infinitamente más ingobernable que los otros dos. Con posterioridad, cuando ya conocía mejor el terreno, pensaría (si se me permite la comparación) que el tranquilo, educado y sumiso primer curso era al enérgico, rebelde y ruidoso segundo curso, lo que la Cámara de los Lores a la Cámara de los Comunes.

Tras una primera ojeada, comprobé que muchas de las alumnas eran, más que niñas, mujeres jóvenes; sabía que algunas pertenecían a familias nobles (de la aristocracia de Labassecour), y estaba convencida de que ninguna de ellas desconocía mi posición en casa de madame. Cuando subí a la tarima (que apenas se elevaba un palmo del suelo), donde estaba la mesa y la silla del profesor, me encontré ante una hilera de ojos y de rostros que amenazaban tormenta: ojos en los que brillaba el descaro y rostros fríos y duros como el mármol. La «mujer» continental es muy distinta a la «mujer» insular de su misma edad y clase social; jamás había visto ojos y rostros semejantes en Inglaterra. Madame Beck me presentó con cuatro palabras, abandonó el aula con paso majestuoso y me dejó la gloria para mí sola.


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