Villette
Villette Nunca olvidaré aquella primera clase ni cuánto me desveló sobre la vida y la naturaleza humana. Fue entonces cuando empecé a ver con claridad el abismo que existía entre la jeune fille idealizada de novelistas y poetas, y esa misma jeune fille real.
Al parecer, las tres aristocráticas beldades sentadas en primera fila habían decidido que una bonne d’enfants no podía darles clase de inglés. Sabían que habían logrado expulsar a profesores que detestaban; sabían que madame se desharía del professeur o la maîtresse que se hiciera impopular; que jamás le ayudaría a conservar su puesto si era débil; que, si no tenía fuerzas para luchar o tacto para abrirse camino, acabaría cayendo. Cuando tuvieron delante a «la señorita Snowe», se prometieron una victoria fácil.
Mesdemoiselles Blanche, Virginie y Angélique iniciaron la campaña con una serie de cuchicheos y risitas disimuladas que pronto se convirtieron en murmullos y pequeñas carcajadas, y que los bancos más alejados recogieron y repitieron más ruidosamente. Al verme obligada a hablar un idioma que no dominaba en un ambiente tan hostil, aquella rebelión creciente de sesenta contra una no tardó en hacerse opresiva.