Villette
Villette De haber podido expresarme en mi propia lengua, estoy segura de que me habrÃa hecho escuchar; pues, en primer lugar, aunque sabÃa que mi apariencia era la de un ser insignificante —lo que sin duda era cierto en muchos aspectos—, la naturaleza me habÃa dado una voz que lograba hacerse oÃr si la excitación la elevaba o la emoción la volvÃa más profunda. En segundo lugar, aunque en circunstancias normales no me expresaba con fluidez, sino de un modo vacilante, con un estÃmulo como el de aquella clase amotinada, habrÃa podido soltar unas frases en inglés que estigmatizaran su comportamiento como merecÃa; y luego, con cierto sarcasmo, salpicado de amargo desprecio hacia las cabecillas y de inocuas bromas a sus más débiles y no tan malvadas seguidoras, tenÃa la impresión de que habrÃa podido dominar a aquel rebaño salvaje, o domesticarlo al menos. Lo único que pude hacer fue acercarme a Blanche —mademoiselle de Melcy, una joven baronesa que, además de ser la mayor, era la más alta, hermosa y perversa de todas—, colocarme delante de su pupitre, quitarle de las manos el cuaderno de ejercicios, volver a la tarima, leer despacio su redacción, que encontré sumamente estúpida, y, con la misma lentitud, romper la hoja emborronada en dos delante de toda la clase.