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Aquella alumna, de nombre Dolores y de origen catalán, era casualmente una de esas personas temidas y odiadas por todas sus compañeras; el acto de justicia sumaria que acabo de mencionar resultó muy popular: no hubo nadie en el aula que, en el fondo, no se alegrara. Por un momento, se quedaron en silencio; luego una sonrisa, no una carcajada, pasó de pupitre en pupitre. Tras volver a mi tarima con aire tranquilo y grave, pedí silencio cortésmente y empecé a dictar como si nada hubiera ocurrido. Las plumas se deslizaron pacíficamente sobre el papel y el resto de la clase transcurrió con orden y aplicación.

C’est bien —dijo madame Beck cuando salí de la clase, acalorada y un poco exhausta—. Ça ira[42].

Había estado escuchando y espiando por la mirilla todo el tiempo.

A partir de aquel día, dejé de ser niñera-institutriz y me convertí en profesora de inglés. Madame me subió el sueldo, pero trabajé tres veces más que el señor Wilson por la mitad de su salario.



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