Villette
Villette Para hacer justicia a todos, las verdaderas nativas de Labassecour también eran hipócritas; pero de un modo menos sutil, que a casi nadie engañaba. Siempre que les resultaba ventajoso mentir, lo hacían tranquilamente, sin que se les alterara la respiración ni les remordiera la conciencia. No había nadie en casa de madame Beck, desde la fregona hasta la mismísima directora, que se avergonzara de una mentira; les parecía algo sin importancia; no es que inventar fuera precisamente una virtud, pero sí la más venial de las faltas. «J’ai menti plusieurs fois»[43], repetían mujeres y niñas en su confesión mensual: el sacerdote las escuchaba sin sorprenderse y les daba de buen grado la absolución. Muy diferente era no asistir a misa o leer un capítulo de una novela: esos pecados no se libraban de un sermón o de una penitencia.