Villette
Villette Mientras no fui realmente consciente de ese estado de cosas e ignoré sus consecuencias, me las arreglé muy bien en mi nuevo entorno. Después de las difíciles primeras clases, impartidas en medio del peligro y al borde de un volcán moral que, rugiendo bajo mis pies, arrojaba chispas y ardientes humaredas a mis ojos, el espíritu indómito de las alumnas pareció apaciguarse, al menos en lo que a mí concierne. Estaba decidida a salir victoriosa: no podía soportar la idea de fracasar en mi primer intento por salir adelante por culpa de su exacerbada hostilidad y de su desenfrenada rebeldía. Pasaba despierta muchas horas de la noche, ideando el mejor modo de dominar a aquellas amotinadas, y de ejercer una influencia permanente sobre aquella obstinada tribu. Lo primero que comprendí con claridad es que no podía esperar la menor ayuda de madame: lo único que le importaba era conservar intacta su popularidad entre las alumnas, incluso en detrimento de la justicia o del bienestar de los profesores. Si alguno de éstos buscaba su apoyo en una crisis de insubordinación, tenía asegurado el despido. En la relación con las alumnas, madame sólo reclamaba para ella lo cordial, placentero y loable, exigiendo a sus lugartenientes capacidad para solucionar cualquier crisis enojosa en la que actuar con la debida prontitud equivaliera a hacerse impopular. Así que tenía que arreglármelas sola.