Villette

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Al poco tiempo, empezaron a aparecer ramilletes de flores sobre mi mesa por las mañanas; y yo, para agradecer esa pequeña gentileza extranjera, paseaba en ocasiones con unas pocas elegidas durante el recreo. En el curso de nuestras conversaciones intenté dos o tres veces, sin la menor premeditación, corregir alguno de sus singulares y distorsionados principios, y les expuse sobre todo mi opinión sobre el mal y la vileza de una mentira. En un momento de descuido, acerté a decir que, de los dos pecados, me parecía más grave la mentira que una falta ocasional a misa. Las pobres niñas habían sido aleccionadas para repetir ante oídos católicos lo que dijera un profesor protestante. La consecuencia fue edificante. Algo indefinido e invisible, algo difícil de describir, se interpuso entre mis mejores alumnas y yo: seguían regalándome ramilletes de flores, pero la conversación se volvió desde entonces impracticable. Cuando paseaba por el jardín o me sentaba a la sombra del berceau, siempre que una alumna se colocaba a mi derecha, un profesor aparecía a mi izquierda, como por arte de magia. Y por extraño que pueda parecer, los zapatos de silencio de madame Beck se encontraban continuamente a mis espaldas, tan sigilosos, rápidos e inesperados como un céfiro errante.




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