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Un profesor que conociera bien su trabajo se apresuraba a coger el ejercicio, sin vacilar, protestar o discutir, y hacía cuanto estaba en sus manos por reducir las dificultades del tema y volverlo comprensible para las jóvenes; después se lo entregaba de nuevo así modificado, con alguna frase sarcástica y cruel. Las muchachas notaban el aguijonazo, es posible que hicieran un gesto de dolor, pero no guardaban rencor a esta clase de ataques, siempre que el comentario no fuera amargo sino gracioso, y les mostrara con claridad y en letra negrita —para que pudieran leerlo de corrido[45]— su incapacidad, ignorancia y pereza. Se amotinaban cuando un profesor añadía tres líneas a una lección, jamás cuando éste hería su dignidad: les habían enseñado a aplastar lo poco que tenían de esa cualidad, que parecía ver con buenos ojos que la pisotearan.

Poco a poco, a medida que yo iba adquiriendo fluidez y soltura en su lengua, y podía emplear las expresiones más enérgicas cuando la ocasión lo requería, las jovencitas más maduras e inteligentes comenzaron a apreciarme, a su manera. Comprendí que cuando se excitaba el amor propio de una alumna o se despertaba en ella una vergüenza sincera, era fácil ganarse su estima. Si lograba, aunque sólo fuera una vez, que les ardieran las orejas (normalmente grandes) bajo su espesa y brillante cabellera, todo marchaba relativamente bien.


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