Villette
Villette No podÃa decirse que fuera orgullosa; a pesar de ser yo una bonne d’enfants, me habrÃa convertido en seguida en una especie de confidente o amiga. Me importunaba con mil quejas pueriles sobre las peleas escolares y la economÃa doméstica: no le gustaba la cocina del paÃs; despreciaba a cuantos la rodeaban, profesores y alumnas, porque eran extranjeros. Yo aguanté durante algún tiempo con paciencia sus improperios contra el pescado salado y los huevos duros de los viernes, sus invectivas contra la sopa, el pan, el café; pero finalmente, cansada de su insistencia, me enfadé con ella y le paré los pies, algo que deberÃa haber hecho desde el principio, pues una buena reprimenda siempre le sentaba bien.
Me vi obligada a soportar mucho más tiempo sus peticiones de ayuda en algunas tareas. Su guardarropa, en lo que se refiere a artÃculos de uso externo, estaba bien surtido y era muy elegante; pero no andaba sobrada de otras prendas, y las que tenÃa necesitaban continuamente arreglos. Ella detestaba las labores de aguja y me traÃa montones de medias y otras piezas para que se las remendara. Después de contentarla varias semanas, aquello amenazó con convertirse en una carga intolerable, asà que le dije claramente que se remendara su propia ropa. Ginevra rompió a llorar, y me acusó de haber dejado de ser su amiga; pero no di mi brazo a torcer, y esperé a que se le pasara el histerismo.