Villette
Villette —Mire esta parure[56] —dijo—. El broche, los pendientes, las pulseras: nadie en el colegio tiene un conjunto semejante… ni siquiera madame.
—Ya lo veo —contesté, haciendo una pausa—. ¿Le ha regalado estas joyas monsieur de Bassompierre?
—Mi tío no sabe nada de ellas.
—¿Son un obsequio de la señora Cholmondeley?
—Por supuesto que no. La señora Cholmondeley es un ser miserable y tacaño; ya no me regala nunca nada.
Preferí no hacer más preguntas, pero me aparté con brusquedad.
—Vamos, vieja Cascarrabias… viejo Diógenes (que eran los apodos que me daba cuando no estábamos de acuerdo), ¿qué pasa ahora?
—Será mejor que se vaya. No me agrada verla, ni a usted ni a su parure.
Por un instante, pareció sorprendida.
—¿Qué le ocurre, Madre Sabiduría? No he contraído ninguna deuda… me refiero a las joyas, a los guantes, al ramillete. Es cierto que mi vestido no está pagado, pero mi tío de Bassompierre abonará la factura: nunca se fija en los distintos artículos, sólo mira el total; y es tan rico que no es necesario preocuparse por unas cuantas guineas de más o de menos.