Villette
Villette Estaba muy hermosa: tan joven, tan lozana, con esa delicadeza en la piel y esa elasticidad en la figura que resultan tan inglesas y que no están entre los encantos de la mujer continental. Llevaba un vestido nuevo, caro, perfecto. Con sólo echarle un vistazo, me di cuenta de que no le faltaba ninguno de esos detalles tan costosos que dan al conjunto un aire de perfección y refinamiento.
La miré de pies a cabeza. Se dio graciosamente la vuelta para que yo pudiera contemplarla. Consciente de su atractivo, su humor era inmejorable: sus ojos azules, bastante pequeños, brillaban de alegrÃa; cuando se disponÃa a darme un beso, un modo infantil de mostrar el placer que sentÃa, la detuve diciendo:
—¡Calma! Mantengamos la calma, analicemos la situación y descubramos el significado de tanta magnificencia —y la empujé a cierta distancia para someterla a una inspección más reposada.
—¿Quedaré bien? —preguntó.
—¿Bien? —exclamé—. Hay muchas maneras de quedar bien, y le aseguro que no entiendo la suya.
—Pero ¿cómo estoy?
—Muy bien vestida.
Aquel elogio no le pareció suficientemente caluroso, y procedió a enseñarme todos los adornos de su vestimenta.