Villette
Villette —Écoutez! —prosiguió, acercándose a mà y adoptando su tono más confidencial y persuasivo, ya que mi «enfado» no le convenÃa: le gustaba que hablara con ella y la escuchase, aunque sólo fuera para reprenderla o burlarme de ella—. Écoutez, chère grogneuse[58]! Se lo contaré con toda clase de detalles; y entonces no sólo verá que no hay nada incorrecto en este asunto, sino también la habilidad con que he sabido manejarlo. En primer lugar, tengo que salir. Mi propio padre expresó su deseo de que yo viera algo de mundo, y comentó a la señora Cholmondeley que, aunque yo era una criatura muy dulce, tenÃa un aire de colegiala del que querÃa especialmente verme libre, presentándome aquà en sociedad, antes de hacer mi verdadero début en Inglaterra. Pues bien, si debo salir, tengo que vestirme. La señora Cholmondeley se ha vuelto muy tacaña y no quiere darme nada más; serÃa abusar de mi tÃo obligarle a pagar todo lo que necesito: eso no puede negarlo… es algo que está de acuerdo con lo que usted predica. Verá, el caso es que ALGUIEN me oyó (por casualidad, se lo aseguro) quejarme a la señora Cholmondeley de mis estrecheces, y de los apuros que pasaba para conseguir una o dos fruslerÃas: y ese alguien, lejos de escatimar un obsequio, se mostró encantado ante la idea de poder regalar alguna tonterÃa. DeberÃa haber visto su cara de blanc-bec[59] la primera vez que lo mencionó: cómo dudaba y enrojecÃa, e incluso temblaba temiendo que me negara.