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Por ese motivo, aquella prometedora rama de olivo pasaba mucho tiempo a su lado. Pero no creo que ella le hablara ni una sola vez con sinceridad de sus defectos, ni que le explicase la maldad de semejantes hábitos, ni que le mostrara las consecuencias que acarreaban. La vigilancia debía ser la única cura. Por supuesto, fracasó. Se mantuvo a Désirée alejada en cierto modo de los criados, pero ella desvalijaba y se burlaba de su madre. Robaba y escondía cualquier objeto del escritorio o del tocador de madame sobre el que pudiera poner las manos. Su madre lo veía, pero fingía no enterarse de nada: su alma carecía de la rectitud necesaria para enfrentarse a los vicios de la niña. Cuando desaparecía algo demasiado valioso para no ser restituido, madame Beck afirmaba que Désirée se lo había llevado en broma, y le pedía que lo devolviera. La pequeña no se dejaba engañar: había aprendido a recurrir a la mentira para amparar el robo, y negaba haber tocado el broche, el anillo o las tijeras. Siguiendo con su falso método, la madre adoptaba un aire de credulidad, y después vigilaba y seguía a la niña hasta encontrar sus escondrijos: un agujero en la tapia del jardín… una grieta o ranura en una buhardilla o en una edificación anexa. Luego enviaba a Désirée a pasear con su bonne, y aprovechaba la ausencia para robar a la ladrona. Désirée demostró ser hija de su astuta madre, pues jamás permitió que su rostro o sus modales reflejaran la menor humillación cuando descubría la pérdida.


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