Villette
Villette DecÃan que la segunda hija, Fifine, se parecÃa mucho a su difunto padre. Ciertamente, aunque habÃa heredado de su madre la buena salud, los ojos azules y las mejillas sonrosadas, su forma de ser era muy diferente. Era una pequeña criatura alegre y sincera: un alma apasionada, tierna y bulliciosa, bastante proclive a exponerse a peligros y dificultades. Un dÃa se cayó desde lo alto de una empinada escalera de piedra; y, cuando madame oyó el estrépito (no se le escapaba el menor ruido), salió de la salle à manger, recogió a la niña y dijo tranquilamente:
—Cet enfant a un os de cassé[67].
Al principio confiamos en que no fuera asÃ. Pero tenÃa razón: un bracito regordete colgaba inerte.
—Que la coja la señorita (refiriéndose a mÃ) —ordenó madame—; et qu’on aille tout de suite chercher un fiacre[68].
Y en el fiacre partió sin demora, con una frialdad y un dominio de sà misma admirables, en busca de un médico.
Al parecer, el médico de la familia no estaba en casa; pero no se desanimó: siguió buscando hasta encontrar un sustituto de su agrado, y lo trajo con ella. Mientras tanto, corté la manga del vestido, desnudé a la niña y la acosté.