Villette
Villette Raras veces lograba oír sus oraciones, pues las pronunciaba en voz muy baja. De hecho, a veces ni siquiera las decía en susurros, sino que eran plegarias mudas. Las escasas frases que llegaban a mis oídos tenían siempre el mismo estribillo: «¡Papá, mi querido papá!». Me di cuenta de que la suya era una naturaleza de ideas fijas, que delataba esa tendencia monomaníaca que siempre he considerado la mayor desgracia que puede abatirse sobre hombre o mujer.
Sólo cabe conjeturar cómo habría acabado semejante estado de ánimo de haber continuado así; mas éste sufrió un cambio repentino.