Villette
Villette Una tarde, la señora Bretton consiguió que abandonara su rincón, la subió al asiento de la ventana y, a modo de distracción, le pidió que observara a los transeúntes y contara cuántas damas pasaban por la calle en un momento determinado. Allí seguía Paulina, toda lánguida, sin mirar apenas y sin contar, cuando yo, que tenía los ojos puestos en ella, percibí en su iris y en su pupila una sorprendente transformación. Las naturalezas impulsivas, peligrosas —sensibles las llaman—, ofrecen a menudo un curioso espectáculo a quienes un temperamento más frío impide participar en sus tortuosos caprichos. La mirada fija y apagada vaciló, y luego ardió en llamaradas; la pequeña frente nublada se despejó; las facciones diminutas y abatidas se iluminaron; la tristeza de su rostro se esfumó y en su lugar apareció una repentina alegría, una intensa expectación.
—¡Ahí está! —exclamó.