Villette
Villette Salió de la habitación como un pájaro o una flecha, o cualquier cosa igualmente veloz. No sé cómo consiguió abrir la puerta de la calle; es probable que estuviera entornada, o Warren al lado y obedeciera su petición, sin duda imperiosa. Mirando tranquilamente desde la ventana, la vi, con su vestido negro y su diminuto delantal bordado (odiaba los que tenían peto), corriendo veloz por la calle. Estaba a punto de darme la vuelta y anunciar con calma a la señora Bretton que la niña había salido como una exhalación y había que ir inmediatamente tras ella, cuando vi que alguien la cogía en brazos, apartándola al mismo tiempo de mi fría observación y de la mirada sorprendida de los transeúntes. Un caballero había hecho esta buena obra y, tras cubrirla con su capa, se disponía a devolverla a la casa de donde la había visto salir.
Deduje que la dejaría en manos de algún criado y se marcharía, pero el caballero entró en la casa y, tras entretenerse un momento en el vestíbulo, subió la escalera.
Por cómo fue recibido se vio en seguida que no era un desconocido para mi madrina. Ella lo reconoció y le saludó; y, sin embargo, pareció agitada, perpleja, como si aquella llegada la cogiera desprevenida. Su mirada y sus maneras fueron incluso de reconvención; respondiendo a ellas, más que a sus palabras, el caballero dijo: