Villette

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—No he podido evitarlo, señora Bretton. No podía irme sin ver qué tal estaba con mis propios ojos.

—Pero va usted a alterarla.

—Espero que no. Y ¿cómo está la pequeña Polly de papá?

Dirigió esta pregunta a la niña, al tiempo que se sentaba y la dejaba suavemente en el suelo.

—¿Y cómo está el papá de Polly? —respondió ella, apoyándose en sus rodillas para mirarle a la cara.

No fue una escena ruidosa ni pródiga en palabras, lo cual agradecí; pero sí una escena de sentimientos demasiado intensos, tanto más opresiva porque la copa no hizo espuma ni se desbordó. Siempre que se producen expansiones violentas e irrefrenables, cierto desdén o sentido del ridículo viene a aliviar al fatigado espectador; aunque siempre me ha parecido de lo más irritante esa clase de sensibilidad que se doblega por voluntad propia, como un esclavo gigante dominado por el sentido común.

El señor Home era un hombre de facciones severas, incluso duras, debería decir tal vez: el ceño fruncido y los pómulos, marcados y prominentes. Tenía un rostro típicamente escocés, pero, en su agitado semblante, sus ojos reflejaban una profunda emoción. Su acento del norte armonizaba con su fisonomía. Era un hombre de aspecto a la vez orgulloso y hogareño.


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