Villette
Villette Cuando hubo partido, madame ocupó la silla que él había abandonado, y apoyó la barbilla en su mano; cualquier sombra de animación o cordialidad desapareció de su rostro: su expresión era fría y adusta, casi taciturna y ofendida. Dejó escapar un suspiro; un único suspiro, pero muy profundo. Un fuerte campanillazo señaló el comienzo de las clases matinales. Madame Beck se puso en pie; al pasar por delante de un tocador, miró su imagen reflejada en el espejo. Una única cana salpicaba sus cabellos color caoba; la arrancó con un estremecimiento. A la luz del sol estival, se veía con claridad que su semblante, a pesar de conservar el color, había perdido la tersura juvenil; entonces ¿dónde estaban los límites de la juventud? ¡Ah, madame! Por muy juiciosa que fuera, también conocía la debilidad. Nunca había sentido lástima por ella, pero mi corazón se conmovió al verla apartar tristemente el rostro del espejo. Una desgracia se había abatido sobre ella. La infernal decepción le saludaba con un truculento «¡Salve!» y su alma rechazaba aquella familiaridad.