Villette
Villette En aquella época, recuerdo muy bien lo que podÃa alterarme; ciertos fenómenos climáticos, por ejemplo, casi me asustaban, pues despertaban al ser que yo siempre tenÃa aletargado, y avivaban en mà un ansia que no podÃa satisfacer. Una noche estalló una tormenta; una especie de huracán nos sacudió en nuestras camas: los católicos se levantaron aterrorizados y se pusieron a rezar a sus santos. La tempestad se apoderó de un modo tiránico de mÃ: me desperté bruscamente, obligada a seguir viviendo. Me levanté, me vestà y, saliendo por la ventana que habÃa junto a mi lecho, me senté en el alféizar, con los pies en el tejado de un edificio contiguo de menor altura. LlovÃa, el viento soplaba con fuerza y estaba oscuro como boca de lobo. Dentro del dormitorio, profesoras y alumnas se habÃan reunido consternadas en torno a una pequeña lámpara y rezaban en voz alta. Me sentà incapaz de entrar: era demasiado intenso el placer de quedarme en medio de aquel caos, de la oscuridad y del fragor de la tormenta, recitando una oda que el lenguaje humano habrÃa sido incapaz de pronunciar; y demasiado glorioso y terrible el espectáculo de las nubes, desgarradas y atravesadas por blancos y cegadores rayos.