Villette
Villette Anhelé desesperadamente, en aquellos momentos y durante las veinticuatro horas siguientes, algo que me sacara de aquella existencia y me impulsara a avanzar. Pero tenía que asestar un golpe en la cabeza de ese deseo y de otros similares; lo que hacía, metafóricamente, al igual que Yael a Sísara, hincándole un clavo en la sien[85]. Pero, al contrario que Sísara, mis deseos no morían: parecían aturdidos durante algún tiempo y, de vez en cuando, tiraban del clavo con rebeldía; entonces las sienes sangraban y todo el cerebro se estremecía.
Aquella noche no me sentía tan desafiante ni tan desdichada, mi Sísara yacía acostado en su tienda, dormido; y, si era presa del dolor en su sueño, algo parecido a un ángel —el Ideal— se arrodillaba junto a él, vertiendo un bálsamo en sus aliviadas sienes, sujetando ante sus ojos cerrados un espejo mágico cuyas dulces y solemnes visiones se repetían en sueños, y derramando el brillo de sus vestiduras y de sus alas iluminadas por la luna sobre el inmóvil durmiente, sobre el umbral, sobre el paisaje que les rodeaba. Yael, la mujer implacable, se sentaba aparte, mostrando cierta condescendencia con su cautivo; esperando fielmente el regreso de Jéber a casa. Con estas palabras quiero decir que la serena calma y la suave humedad de la noche me llenaban de esperanza: no se trataba de nada muy concreto, sino de un sentimiento general de aliento y consuelo.