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Por supuesto que no. En ningún momento lo creí así. Jamás se me había ocurrido pensar en un pretendiente o en un admirador. Todas las profesoras soñaban con algún enamorado; incluso una de ellas (de naturaleza ingenua) imaginaba un futuro marido. Todas las alumnas de más de catorce años tenían novios en perspectiva; dos o tres estaban ya prometidas por sus padres desde la infancia: pero mis especulaciones, y mucho menos mis conjeturas, no habían encontrado nunca la menor justificación para adentrarse en el reino de los sentimientos y esperanzas que abren tales posibilidades. Cuando las demás profesoras iban a la ciudad, o paseaban por los bulevares, o simplemente asistían a misa, tenían la certeza (según contaban a su regreso) de encontrarse con algún individuo del «sexo opuesto», cuya mirada de embeleso les confirmaba su capacidad de deslumbrar y atraer. En lo que a esto se refiere, no puedo decir que mi experiencia coincidiera con la suya. Iba a la iglesia y salía a pasear, pero estoy convencida de que nadie se fijaba en mí. No había jovencita ni mujer en la rue Fossette que no pudiera declarar y no declarara haber recibido en alguna ocasión una mirada de admiración de los ojos azules de nuestro joven doctor. Sin embargo, me veo obligada a excluirme, por humillante que pueda parecer: en lo que a mí concernía, aquellos ojos azules eran tan inocentes y serenos como el cielo, cuyo color parecían igualar. Así, pues, oía hablar a las demás y me asombraba a menudo de su alegría, seguridad y suficiencia, pero ni siquiera alzaba la vista para mirar el camino que ellas creían recorrer. De modo que no era un billet-doux lo que tenía en las manos; firmemente convencida de lo contrario, la abrí sin inmutarme. Traduciré ahora lo que decía:


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