Villette
Villette ¡Ángel de mis sueños! Miles de gracias por no haber quebrantado tu promesa: apenas osaba esperar que la cumplieras. Pensaba que no hablabas en serio; y tú parecías creer que era una empresa tan peligrosa… por lo intempestivo de la hora, por lo apartado del sendero, frecuentado a menudo, decías, por ese dragón, la profesora inglesa, une véritable bégueule Britannique à ce que vous dites; espèce de monstre, brusque et rude comme un vieux caporal de grenadiers, et revêche comme une religieuse[87] (el lector perdonará mi modestia al permitir que esta halagadora descripción de mi amable persona conserve el fino velo de la lengua original). Ya sabes —proseguía la efusiva nota— que el pequeño Gustave, por culpa de su enfermedad, ha sido trasladado a la habitación de un profesor, habitación cuya celosía tiene el privilegio de dar al jardín de tu prisión. A mí, el mejor tío del mundo, se me permite entrar allí para visitarlo. ¡Cuán tembloroso me he acercado a la ventana para contemplar tu Edén! ¡Un Edén para mí, aunque para ti sea un desierto! ¡Cuánto temí que no hubiera nadie, o ver al dragón que acabo de mencionar! Cuán dichoso latió mi corazón cuando, a través de los pequeños claros de las ramas envidiosas, percibí el centelleo de tu elegante sombrero de paja y el movimiento de tu vestido gris… ese vestido que reconocería entre mil. Pero ¿por qué, ángel mío, no levantas la vista? ¡Qué crueldad negarme un rayo de esos ojos adorables! ¡Cómo me habría revivido una sola mirada! Escribo precipitadamente esta misiva; mientras el médico examina a Gustave, aprovecho una oportunidad para guardarla en un cofrecillo, acompañada de un ramillete de flores, las más dulces que existen… aunque menos dulces que tú, mi Peri, ¡la más preciosa!