Villette

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Mientras daba vueltas a todo aquello, comprendí que debía volver al interior. El movimiento de las luces en el dormitorio indicaba el final de las oraciones, y que las alumnas se disponían a dormir. Media hora después se cerrarían todas las puertas, se apagarían todas las velas. El portal seguía abierto, para que entrara el frescor de la noche estival en el caluroso edificio; en el cercano cuartito de la portera brillaba una lámpara, iluminando el amplio vestíbulo con las puertas de dos hojas del salón a un lado, y la enorme puerta de la calle al fondo.

De pronto sonó la campanilla —vivamente, pero sin estridencia—, un cauteloso tintineo… una especie de susurro metálico de alerta. Rosine salió como una flecha de su cuarto y corrió a abrir. La persona que dejó entrar se quedó hablando con ella unos minutos: parecía existir algún impedimento, alguna demora. Rosine se acercó a la puerta del jardín con una lámpara en la mano; se detuvo en los escalones, levantó la luz y miró distraídamente a un lado y otro.

—Quel conte! —exclamó, sonriendo con coquetería—. Personne n’y a été[88].

—Déjeme pasar —suplicó una voz familiar—. No pido más de cinco minutos.


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