Villette
Villette Habría dado dos francos por la oportunidad de tener ese libro en mis manos, de pasar las sagradas y amarillentas hojas, de averiguar el título, y de examinar con mis propios ojos las increíbles fantasías que yo, como indigna hereje, sólo podía absorber a través de mis desconcertados oídos. Aquel libro contenía leyendas de los santos. ¡Válgame Dios! (lo digo con todo respeto), ¡menudas leyendas! Si fueron los primeros en vanagloriarse de tales hazañas y en inventar semejantes milagros, ¡qué fanfarrones y granujas debieron ser aquellos santos! Sus historias, sin embargo, no eran más que extravagancias monacales, de las que uno se reía en su fuero interno; había, además, cuestiones sacerdotales, y sus artimañas eran mucho peores que las monacales. Me ardían los oídos mientras escuchaba, forzosamente, los relatos del martirio moral infligido por Roma; la terrible fatuidad de los confesores, que habían abusado vilmente de su posición, empujando a la peor degradación a las damas de alta cuna, convirtiendo a condesas y princesas en las esclavas más atormentadas bajo el sol. Historias como la de Conrad e Isabel de Hungría[92] se repetían una y otra vez, con toda su espantosa ruindad, enfermiza tiranía y negra impiedad: leyendas que eran pesadillas de opresión, privación y dolor.