Villette
Villette Muy bien. Una figura maternal, pequeña y regordeta, con un decoroso chal y el gorro de dormir más limpio que uno pueda imaginar, estaba muy atareada ante el tocador, haciéndome el favor, al parecer, de «ordenar» el meuble. La tapa del costurero se hallaba abierta, al igual que el primer cajón; como era de esperar, los demás cajones fueron abiertos, uno tras otro, con toda tranquilidad: en su interior, no quedó un solo objeto sin sacar y desdoblar, ni un solo papel sin examinar, ni una sola caja sin destapar; admirable era su habilidad, ejemplar el cuidado con que hacía la inspección. Madame efectuó el registro con virtuosismo, «sin prisa, pero sin pausa». No negaré que sentí un secreto regocijo al observarla. De haber sido un caballero, creo que madame me habría caído en gracia… era tan competente, cuidadosa y concienzuda en todo lo que hacía; los movimientos de algunas personas causan malestar por su torpeza, los suyos complacían por su impecable precisión. En pocas palabras, me tenía fascinada; pero debía esforzarme por romper aquel hechizo: tenía que batirme en retirada. Madame podía volverse y descubrir mi presencia; entonces una escena sería inevitable, y ella y yo nos leeríamos de golpe el pensamiento: desaparecerían los convencionalismos, caerían los disfraces, y nuestras miradas se cruzarían; comprenderíamos la imposibilidad de seguir trabajando juntas y tendríamos que separarnos para siempre.