Villette

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Aquella noche, después de huir como acostumbraba del Papa y de sus obras, subí la escalera, me dirigí al dormitorio y abrí con sigilo la puerta, siempre cuidadosamente cerrada, que, como todas las de la rue Fossette, giró sin hacer ruido sobre sus bien engrasados goznes. Antes de ver, sentí que había algo vivo en la enorme habitación, normalmente vacía: no porque percibiera algún movimiento, respiración o susurro, sino porque el Vacío no existía y la Soledad se hallaba ausente. Pude ver todas las camas blancas —les lits d’ange[94], que era el poético nombre que recibían— con sólo echar una ojeada; estaban desocupadas: nadie dormía en ellas. El ruido de un cajón abierto con cautela llegó a mis oídos; apartándome a un lado, logré ampliar mi campo de visión, sin que me estorbaran las cortinas. Contemplé entonces mi cama y mi tocador, con los cajones cerrados con llave y un costurero también cerrado encima.








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