Villette
Villette Cuando me escabullía, era en medio de las tinieblas; no nos permitían llevar velas, y el único refugio para la profesora que abandonaba el refectorio era la penumbra del vestíbulo, de las aulas o del dormitorio. En invierno prefería las aulas grandes, y andaba rápidamente de un lado a otro para no helarme de frío; me sentía afortunada si brillaba la luna y, si sólo había estrellas, no tardaba en resignarme a su tenue centelleo, e incluso al eclipse total de su ausencia. En verano nunca estaba muy oscuro, y yo subía a mi rincón del enorme dormitorio, abría la ventana (cinco ventanas de bisagras, grandes como puertas, dejaban entrar la luz en aquel cuarto) y, asomándome a ella, contemplaba la ciudad que se extendía más allá del jardín, y escuchaba la banda de música que tocaba en el parque o en la plaza del palacio, absorta en mis pensamientos, viviendo mi propia vida en un tranquilo mundo de sombras.