Villette
Villette En ese momento sonó la campanilla, y allà estaban aquellos pasos que asombraban a la escalera por la velocidad con que dejaban sus peldaños atrás. Rosine anunció al doctor John y, con un desenfado que no sólo era propio de ella sino de todos los criados de Villette, se quedó para escuchar lo que el médico decÃa. La presencia de madame la habrÃa intimidado y enviado de vuelta a su reino del vestÃbulo y la porterÃa; pero la mÃa, o la de cualquier otra profesora o alumna, le traÃa sin cuidado. Esbelta, elegante, presumida, continuó con las manos en los bolsillos de su alegre delantal de modistilla, mirando al doctor John con no más temor y timidez que si fuera un retrato en lugar de un caballero de carne y hueso.
—Le marmot n’a rien n’est-ce pas[102]? —exclamó, señalando a Georgette con un gesto de barbilla.
—Pas beaucoup[103] —respondió el doctor, al tiempo que garabateaba apresuradamente una receta inofensiva.
—Eh bien! —prosiguió Rosine, colocándose a su lado mientras él guardaba el lápiz—. Y el cofrecillo, ¿consiguió encontrarlo? Monsieur desapareció como un coup de vent la otra noche; no tuve tiempo de preguntárselo.
—Lo conseguÃ, sÃ.