Villette
Villette Madame Beck se marchó, elegantemente ataviada con un costoso chal y su chapeau vert tendre[100], un tono arriesgado para cualquier cutis menos lozano que el suyo, pero que a ella le favorecÃa. Me pregunté qué intenciones tendrÃa: si realmente enviarÃa al doctor John; o si él podrÃa venir; tal vez tuviera otro compromiso.
Madame me habÃa encargado que no dejara dormir a Georgette hasta que el doctor llegase; por ese motivo, estuve muy ocupada contándole cuentos infantiles y parloteando con ella.
QuerÃa mucho a Georgette; era una niña sensible y cariñosa: sentarla en mis rodillas o llevarla en brazos era un placer para mÃ. Aquella noche me pidió que apoyara la cabeza en la almohada de su cuna; incluso me rodeó el cuello con sus bracitos. El modo en que me abrazó y apretó su mejilla contra la mÃa estuvo a punto de hacerme llorar de ternura. En la rue Fossette no abundaban esa clase de sentimientos; aquella pequeña gota era demasiado dulce y pura: penetraba hasta lo más profundo, serenaba el corazón, y llenaba los ojos de lágrimas.
Transcurrieron entre treinta minutos y una hora; Georgette susurró con su suave ceceo que tenÃa mucho sueño.
«Y te quedarás dormida —pensé yo—, malgré maman y médecin[101], como tarden más de diez minutos».