Villette

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Y, apartando los ojos del rostro que había estado escudriñando involuntariamente, miré por la ventana que daba al jardín. El doctor John, entretanto, de pie junto a la cama, se puso lentamente los guantes mientras contemplaba a su pequeña paciente, que tenía los ojos cerrados y los labios sonrosados entreabiertos porque se estaba quedando dormida. Esperé a que él se despidiera como de costumbre, con una pequeña reverencia y un «buenas noches» apenas audible. Justo en el momento en que cogía el sombrero, mis ojos, pendientes de las altas casas que rodeaban el jardín, vieron cómo la celosía, ya mencionada antes, se abría con cautela; una mano y un pañuelo blanco aparecieron por una rendija; ambos se agitaron. No sé si la señal fue contestada desde algún lugar desconocido de nuestro propio edificio; pero inmediatamente después cayó revoloteando un objeto blanco y ligero: el segundo billet, por supuesto.

—¡Mire! —exclamé sin darme cuenta.

—¿Dónde? —preguntó el doctor John con vehemencia, acercándose a la ventana—. ¿Qué ha visto?

—Lo han vuelto a hacer —repliqué—. Han agitado un pañuelo y han arrojado algo —y señalé la celosía ahora cerrada, que, de manera engañosa, parecía un lugar deshabitado.

—Recójalo en seguida y tráigamelo —dijo al instante—. Nadie se fijará en usted —añadió—; yo llamaría la atención.


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