Villette
Villette —En casa siempre te lo preparaba yo, papá. Nadie lo hace mejor, ni siquiera tú mismo.
Mientras estuvimos en la mesa, ella siguió con sus atenciones, bastante absurdas, dicho sea de paso. Las pinzas para el azúcar eran demasiado grandes y tuvo que usar las dos manos para manejarlas; el peso de la jarrita de plata para la leche, de las bandejas del pan y la mantequilla, e incluso de la taza y el platillo, pusieron a prueba su fuerza y su habilidad, a todas luces insuficientes; pero, levantando esto y ofreciendo aquello, se las arregló felizmente para no romper nada. Para ser sincera, a mà me parecÃa un poco metomentodo; pero su padre, ciego como todos los padres, estaba encantado de que le sirviera; las atenciones de su hija parecÃan tranquilizarle sobremanera.
—¡Ella es mi consuelo! —le dijo a la señora Bretton, sin poder evitarlo. Dicha dama tenÃa, y a una escala mayor, su propio «consuelo» sin par, ausente por el momento; de modo que se mostró comprensiva con su debilidad.