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Ella obedeció; salió del cuarto y desempeñó su cometido con habilidad y diligencia. Su padre estaba hablando con la señora Bretton cuando volvió, y Paulina esperó con el pañuelo en la mano. En cierto modo era todo un espectáculo contemplar su figura diminuta, pulcra y atildada, de pie, delante de su padre. Al ver que él seguía hablando, sin ser consciente de su regreso, le cogió una mano, abrió sus dóciles dedos, colocó el pañuelo entre ellos y los cerró uno a uno. Aunque aparentemente él seguía sin verla ni percibir su presencia, no tardó en colocarla sobre sus rodillas. Paulina se acurrucó contra él y, aunque ni se miraron ni se hablaron durante la hora siguiente, supongo que ambos estaban felices.

Durante el té, los movimientos y el comportamiento de la pequeña atrajeron todas las miradas, como de costumbre. Primero, dio instrucciones a Warren cuando éste colocaba las sillas.

—Ponga la de papá aquí, y al lado la mía, entre la señora Bretton y él; tengo que servirle el té.

Paulina se sentó e hizo una seña a su padre con la mano.

—Siéntate a mi lado, papá; como si estuviéramos en casa.

Y después, cuando interceptó al pasar la taza de su padre, y la removió y puso ella misma la leche, dijo:


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