Villette
Villette Por aquella época —los dÃas más esplendorosos del verano— la casa de madame Beck se convirtió en el colegio más alegre que uno pueda imaginar. Durante toda la jornada, las grandes puertas plegables y las ventanas de doble hoja se abrÃan de par de par: el sol parecÃa formar parte de la atmósfera; las nubes se hallaban lejos, navegando hasta los confines del mar, descansando, sin duda, alrededor de islas como Inglaterra —esa querida tierra de brumas—, pero a una gran distancia del continente, siempre más seco. Pasábamos mucho más tiempo en el jardÃn que bajo techo: las clases se impartÃan y las comidas se tomaban bajo el grand berceau[108]. Además, la cercanÃa de las vacaciones casi convertÃa la libertad en libertinaje. Sólo faltaban dos meses para las largas vacaciones de otoño; pero antes de eso, se esperaba un gran dÃa: la celebración de una importante ceremonia, la fête de madame.
Los preparativos de esta fiesta recaÃan principalmente en mademoiselle St Pierre; se suponÃa que madame se hallaba al margen, despreocupada e ignorante de cuanto pudiera organizarse en su honor. Lo que especialmente parecÃa desconocer o siquiera sospechar era que todos los años se recaudaba dinero en el colegio para comprarle un bonito regalo. La delicadeza exquisita del lector hará caso omiso de una consulta muy breve y confidencial al respecto en el dormitorio de madame: